
Hoy fue uno de esos días que se quedan grabados.
Llegó la chica de siempre… pero esta vez algo era distinto. Venía con un cliente nuevo, algo que rara vez pasa.
Quince minutos después, llegó su otro cliente habitual.
Se notaba… diferente.
Consternado. Ojos rojos.
Se acercó sigiloso, casi temeroso. Nosotros lo saludamos como siempre, pero era evidente que algo no estaba bien.
—Buenas tardes, ¿cómo está? —le decimos, sabiendo que es cliente de siempre.
—¿Sabes si… la chica con la que siempre vengo ya entró? —preguntó en voz baja, evitando mirarnos directo.
Le respondemos que sí, que entró a la habitación 10.
Se quedó helado. Blanco.
Apretó los puños y guardó silencio.
Solo atinó a decir:
—Aquí la espero.
Le dijimos que no había problema. Pero la espera fue una tortura…
Dos horas.
Dos horas caminando de un lado al otro, desesperado.
Como si cada minuto le clavara una aguja en la garganta.
Y para su mala suerte, la habitación 10 estaba justo al lado de la entrada de donde el se encontraba.
Se escuchaba todo, era evidente que reconoció su «voz alta»
Todo.
Esa espera fue una tortura.
Finalmente, después de dos horas eternas, la chica salió.
Su rostro fue un poema al verlo ahí.
Sorpresa, incomodidad…
No escuchamos qué le dijo. Solo vimos cómo ella se mostró molesta y se alejaron juntos…
Quizá esa fue la última vez.
O quizá no.
Las historias de celos obsesivos siempre terminan igual: con alguien roto.
